domingo, 7 de noviembre de 2010

Eterno retorno

Debería hablar de amanecer y no de repetición. Pero ahí están las plantas, creciendo en una botella. Ahí están las botellas, cristales petrificados, sin giro. Ahí está la mesa que sostiene a las botellas, donde viven las plantas: su color chocolate y esa manera de rectangular de quedarse y llenarse de polvo. Ahí está el piso que sostiene la mesa, donde las botellas y las plantas se saludan sin mirarse, acaso sin tocarse. Es monótono, mudo, pecoso. Es un piso que si pudiera se extendería hasta el pasillo y no lo hace. El pasillo que besa el piso, que sostiene la mesa donde las botellas y las plantas callan, no es lengua, ni dedo, es un piso amarillo, arena de otro costal que muere en otra la puerta de ingreso. No saldré, no le haré el favor de cumplir ese rito inmundo de abrir, cerrar, buenas tardes, no azote la puerta. No llevaré este adentro de plantas silenciosas, botellas transparentes, mesa chocolate y piso monótono a la vulgar sorpresa de la banqueta, con sus Jacarandas, Tabachines, Arces y Laureles de la India. No sé que terrible giro pueda dar, ni a dónde pretenda llevarme. Me quedo aquí, sentado frente a nada, preguntando todo.
Así será.

1 comentario:

Furtiva dijo...

Hasta que las plantas de hablen y la mesa se sacuda del polvo... Hasta que el piso venza la timidez y quizás, quizás se atreva a llegar al pasillo.

Un poco dulce y un poco terrible.