lunes, 7 de junio de 2010

Mi trenzuda.


Se fue mi lengua. Siguió el rostro de un rastro. O al revés. No importa. En un segundo cambié de lugar. Me mudé del hangar en que tosía, hacia un bosque verde y abierto. Me saqué la escafandra para respirar en su mundo. Emergí de la arcilla con ciento cincuenta costillas rotas.
Mordí mis uñas para rascar mi carne con los dientes. Di un paso atrás y otro adelante. Olí el vapor que desprende el sol al amanecer. Me colgué las medallas de la subsistencia.
Me embriagué tanto como sólo un imbécil sabe hacerlo. Me drogué como un ángel hasta flotar sobre mí mismo. Le aplaudí al destino por haberse convertido en un pendejo a modo: tapete existencial único, atado a una pista de baile bamboleante.
Agradecí  volver a mí.

Fue un cuatro de junio de un año que, en término prácticos, ya es eterno.


2 comentarios:

ataraxia dijo...

un vaso y su corriente subterránea hacia la mano.
naufragar para no escribir ciertas palabras
esas palabras.
a veces no respiro
y tengo los pulmones hechos un mar.

Aquí su pendejo dijo...

Qué delicia Analía.