
Abres los ojos para satisfacer tu voluntad suicida. El mundo es el lugar que yace con el puño cerrado en tu garganta. A pesar de la soledad, sabes que nunca estás más solo que cuando pretendes camuflar el alma entre cadáveres. La carcajada más honda proviene de ti mismo, en eso consiste saber que el otro es el umbral de la ironía, el portal de la contradicción, el puente entre tus confusiones y el absurdo total. De nada sirve el dolor, la alegría, la pena o la risa cuando el miedo comanda la vida. No se puede comprender el “ser” al margen de un riel cuyo único sentido conduce al choque frontal. Por eso, la idea del infierno nos resulta apremiante, ese lugar heterodoxo que anula toda cualidad, y establece una propiedad única: el terror de estar al lado del otro, como quien se detiene en un espejo eterno. En las horas, lo único que queda es el silencio, como opción discreta de posesión, como reencuentro con la nada, como itinerario seguro en este trance llamado muerte.
1 comentario:
Y sin embargo, la liberación que nos propone la muerte ché, tampoco basta, porque la conocemos aún menos que a la puta vida.
Digo...
Saludos!
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