viernes, 29 de abril de 2011

Sobre el ojo, pero nada qué ver.

El mundo está roto, míralo para que comiences a zurcirlo. El ojo como aguja donde los camellos tejen el cielo. Manantial de la imagen. El párpado como la frontera más frágil: telón que divide el terror de mirar el mundo con el terror de reproducirlo adentro. La retina como una instancia que en realidad es ciega: terminal nerviosa que delimita y materializa lo imposible. La pupila como epicentro, como falla tectónica que remueve capa sobre capa de tu corteza interior: zona dónde mirar es temblar. El iris, franja incendiada, hormiga circular que traza la brevedad de la línea: espacio para perder la mirada. La visibilidad es algo más que la evidencia y lo evidente: conjunción de paisajes, encuentro y amanecer de lo otro en ti. Cierras los ojos, te disfrazas de sensación: algo quema, congela; algo raspa o excita, algo te está sacando de ti sin llevarte a otra parte. Adentro de la mirada eres aire quemado. Te elevas como un gas irrespirable. Ala rota. Nube que azota al sol. Sueño. Adentro de la mirada sucede un intercambio inútil entre la realidad y el anhelo. Nace lo demoniaco. Se te queman las pestañas. Breves batallas se desarrollan tras cada parpadeo: queremos ganar un segundo sin luz o perder un instante de oscuridad. Una tormenta azota el ojo y nos vuelve a todos náufragos en nuestra propia piel. Llorar es fragmentar tu mar interno. 


He escrito mucho sobre el ojo, pero eso sí: nada qué ver.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

te leo demasiado y nunca es suficiente.

Paloma Zubieta López dijo...

Este vistazo al ojo caló hondo. Será que en su mirada nos vimos reflejados, será que también era nuestro el naufragio.

Cristina dijo...

Ojos y tanto!

Anónimo dijo...

He visto lo que tenía que ver;quiero mirar,pero me es imposible no cerrar los ojos...