sábado, 15 de enero de 2011

Luz, ojos, manos.

Pensé que la luz al final de camino sería la de tus ojos. La luz no tenía por qué ser un imán del más allá, pero tampoco el chispazo efímero de una luciérnaga. Tampoco había una categoría intermedia, una técnica de salvación contra la condena extrema de ser y estar. Una droga de limbo, una suerte de fiesta de los tibios, un elogio al punto medio. 
El mundo se las ha arreglado para romper, dividir o fragmentar las cosas hasta el punto de que nadie se reconozca en ellas, ni en ellos mismos. Partículas desentendidas, desvinculadas y distantes. La idea y la idea de la idea, el eterno sabotaje de lo irreal a lo real y viceversa. Uno en medio, cual parásito de la inercia sorteando golpes, la siguiente caída o el primer y último balazo. 
Por eso buscaba en tus ojos una luz, sin antes, ni después. Una luz pura y palpitante; insignificante en cuanto valor. Luz. Por tanto energía y por tanto eternidad de lo inquieto. Luego, en otro arrebato, pensé en tus manos. Luz, ojos y manos. 
Entonces, en realidad pensaba una vida contigo. Una vida juntos. Una luz ciega al principio del camino.

3 comentarios:

Clarice Baricco dijo...

Desde anoche miro una luz que guarda silencio. Una luz que me indica tristeza.
Y al leerte, me da una punzada en el corazón. Como si todo estuviera destinado.
Mientras tanto, rompo la timidez y dejo mi sentir aquí. Desde hace meses, te leo en silencio.
Abrazos.
Graciela.

Anónimo dijo...

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Furtiva dijo...

Buscar, pensar, desear... ¿Qué hay de malo en querer ser con todo y cuerpo? Ojalá que la luz siga, nunca ciega, siempre al inicio.