sábado, 20 de febrero de 2010

Allá al fondo se rompe una taza. En la superficie, los ojos hacen el mapa de la mismidad y luego prosiguen su movimiento, sin un orden. Ojos que saben ser ojos. En este universo cada planeta no es un mundo. Nada es como es. Eso de ahí es una jícara. Eso de allá, es un costal. Hacia el poniente unas bolas de billar rebotan sobre la mesa. Pareciera que este universo se dispuso con cierto fin. Por ejemplo, el fin silla y los culos agradecidos. El fin plato, oval y extendido como un planeta que se calienta con el meteoro huevo estrellado. Así se venden las cosas, pero nadie las presenta en su infierno.
Distopía objetual y utilitaria, rendida ante los dientes, falanges y narices de tanto satélite disfuncional.
Observo el mundo, mi mundo, este pequeño minotauro confundido. Me veo en él y desconozco si es real o imaginaria su expansión o contracción. Aquí sentado no puedo prometer mucho. Levantaré mis palabras, pero no podré ir con ellas.

viernes, 19 de febrero de 2010

El sol regresó. Mi habitación tendrá siempre el color de un toro. Me levanto para engullir una píldora, tal y como el mundo engulle cadáveres. Lógica de paz, o al menos de tregua. Me asomo tras la ventana e imprimo la nada. Ahora es azul, ayer fue gris. Pienso en el café matutino y dejo de pensar en el río nocturno de palabras que me lleva a tierra de nadie.
Si la palabra no me lleva a ti, no es palabra, es escombro, un montón de ruinas apiladas en un baldío. Si la palabra se queda en la boca, la mascullo hasta hacerla mierda. Digestión verbal.
Siempre he querido un Hades a mi medida. Un Caronte empuñando una botella de güisqui 18 años. Una barca que funja como hielera. Cruzar hacia el otro lado pensando que la bruma es espuma de una fiesta nudista.
La muerte no tiene inocencia, pero tampoco es maldita.

jueves, 18 de febrero de 2010

carnicería

Esta vez valió la pena confundirse. Sacarse el corazón y poner una piedra tan grande como Australia. Deshojar el trébol de las cuatro mordidas. Verter la imagen para poner en ese hueco el rostro simplón de la añoranza. El viejo vegetal que se pudrió en la alacena. Las galletas rancias de tanto bendecir a las hormigas. Todo un eslabón de justicia. Toda una forma de zurcir los calcetines. Esta vez es para siempre inclinarse ante una orilla y decir: aquí acaba el mundo. Los zumbidos de la lluvia y sus moscas cayendo transparentes y frías, me inmunizan de todo. Piel replegada hasta las rodillas. Piel arremangada hasta los codos. Piel a piel, la carnicería.

miércoles, 17 de febrero de 2010

alma en fuga

El frío se retira caminando. Borda tu huella paso a paso. Yo me vuelvo un capullo y me ovillo en tu tornado. No tengo que empezar, afuera está el mundo. Este sol y sus aspas se enredan entre nubes. Estoy soñando un juego dactilar donde los cuerpos sorben bocanadas de ayer.
Tu sabías de mi pasión por caer y sabías que me inclinaba sobre el borde antiguo de la demencia; sólo ansiaba respirar, alejar la asfixia, sentir el infinito; pero a veces, el frío me tienta. Vuelve gris y cortante; me enferma. El frío y sus llamados finales. El frío sin elevación. El frío infame de los días sin ti.
Y debo decirte, no entiendo de condenas. No sé de calamidades. Ignoro los apocalipsis; tan sólo me siento a mirar el músculo del mundo cuando estruja, tritura y arroja el desperdicio humano. Tan sólo sé que siempre he sido un alma en fuga.

lunes, 15 de febrero de 2010

Punto y aparte.

Me fui volviendo una parte aparte –de mí, de todo. Una horma de carne y huesos prensando mi existencia. Mis siglas surgieron de un puñado de letras; destino ceñido por un nombre, un nombre más en la incontable lista de lo humano. Molde único, vasija auténtica, destino común. Jugué todos los juegos que juega la humanidad. Aplaudí reiteradamente el show de la vida, sentado en la primera fila del circo bestial. No pude controlar lo incontrolable, pero supe dejar intacta mi facilidad de equivocarme en nombre propio. Jugué a ser y fui. Vaya gratuidad. Y pensar que muchos se insuflan ante ello, cuando es por ello que deberían sentirse desgraciados. No puedo seguir jugando; si acaso juzgando. Muerto Dios quedamos sus huérfanos para dorarnos la píldora y adorarnos mientras dure.

Punto y aparte.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Mis pies conocen el arte de pararse en medio de la multitud en el momento preciso en que una estampida está por comenzar. Hay algo de otero en esa suerte animal de la manada que trota en diversas direcciones, algo de planicie, algo muy altiplano que los urge a desplazarse. Una añoranza, o mejor dicho una falsa nostalgia por el siglo pasado me hace preguntarme qué hubiera hecho yo de haber estado en la situación de Tomás. Praga, para acabar pronto, es la arena onírica donde sitúo la hipótesis. Un poco por Kundera, que como bien se sabe, domesticó el arte de llorar políticamente. Pero no, ahí no estaba yo y no podía imaginarme como Tomás y Tereza, o como Tomás y Sabina. En mi propia levedad, los tanques que me invaden distan mucho de ser soviéticos. Un fuego diferente y una lucha distinta me orilla a ser un eterno desplazado. Mi propia Ginebra se construye con fuego amigo, desde la trinchera de al lado, en el más puro tiroteo de la confusión, en la más grave herida que jamás me hayan hecho. Y sí, si mis pies aprendieron el arte de pararse en medio de la multitud sin miedo, también aprenderán a caminar, a correr y a irse a la chingada. Al fin y al cabo Tomás no pudo determinar su romántico final, estampado en el parabrisas de su vieja camioneta checoslovaca. Ni yo el mío, huyendo contra el viento, vivo, pero no tanto.

martes, 9 de febrero de 2010

Naufragio

El aire tiene venas de gas. Un viento neurótico toma los árboles por asalto; yo estoy aquí contemplándolo sin más. Cada vidrio roto es evidencia de un cielo frágil, de una transparencia que permite ingresar al mundo para luego sacarte de él con un respiro. Hay ciertas cosas que nos vuelven fragilidad: escribir ciertas palabras que aúllan; tocar ciertas cosas que cortan; mirar hacia la nada y redescubrir la pasión del ojo por no mirar. Los reflejos son juicios mecánicos; piensas en blanco y aparece una nube; dices elefante y sueñas con trompetas; te dicen sol y quedas ciego. Viniste aquí a desollar las uvas. Llegaste de un mar que se hacía bahía en una noche estrellada. Evitaste risco, evadiste corales pero no hay forma de evitar esta catástrofe.